Después de tanto pensar, me terminé dando cuenta que jugar al amor es algo así como jugar al Pacman. Todos estamos perdidos en nuestro laberinto emocional. Parás en una esquina y te encontrás con un fantasma. Tratás de alejarte. Te vas corriendo hasta la otra punta pero igual te persigue. Entonces, al final, de nada sirve salir corriendo. Ni raparte la cabeza para que no te reconozcan. Ni recorrer todos los rincones en busca de una señal. Tampoco te sirve conocer otros lugares ni cambiar el color de la pantalla. Y como si el panorama no fuera lo suficiente desalentador, lo peor de todo es que hay que pasar como 50 niveles para que finalmente a Ms. Pacman y Mr. Pacman se les de la gana de encontrarse. Y eso con suerte, porque por ahí vos te cansaste antes y te ponés a jugar al tetris, o peor, te conformás con el buscaminas.
¿Y para qué? ¿Al final quién gana?
martes, 28 de junio de 2011
lunes, 13 de junio de 2011
Loser
Y seguís sin aprender a jugar. Y volvés a perder otra vez en este juego que nunca te das cuenta que empezó. Y sigo siendo la misma mala perdedora: duele. Y querés un abrazo que no vas a conseguir. Querés que alguien te diga "fuerza chiquita, estoy con vos", por más de que odias que te digan "chiquita". Querés que el mundo con sus obligaciones se detenga para centrar lo que queda de vos, imposible. Y te quejas de tu rutina, esa que vos misma te construiste para sentir que no dependes de nadie. Y así nadie puede depender de vos: ni tu familia, ni tu ex, ni tus queridos amigos. Te aislaste. Te encerraste en tu propio escudo que odias, que te lastima, y nadie puede penetrar ni romper. Y te convertiste en alguien ocasional, en la desaparecida, en la fantasma. Y estás harta que la gente te diga "te extraño" y no te venga a buscar. Y los extrañas, tanto. Y los necesitas. Pero vas a seguir sola, perdiendo a la gente que querés.
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